Si te viera tu madre: activismos y andanzas de Claudia Pía Baudracco

La vida de La Gorda fue un torbellino de pulsiones que derramó semillas en decenas de activismos. Matías Máximo y María Marta Aversa escribieron un libro sobre ella, editado por Edulp, donde proponen una manera íntima de recordarla. Recogen testimonios en primera persona y recuperan sus archivos, fotos, postales y cartas. Compartimos un adelanto sobre su infancia.

Los primeros años: una infancia inquieta

–¿Y esa cabra? ¡Devolvé esa cabra!

A los doce años Claudia no quería ir más a la iglesia y diseñó una estrategia tan rara como astuta. Si se robaba una cabra del rebaño del templo y la llevaba a su casa su familia sentiría vergüenza y no la mandarían de nuevo a misa. Eso explica por qué una tarde su mamá llegó de trabajar y se encontró con la cabra atada al árbol.

–Me la traje de la iglesia.

–Andá a devolverla.

–No. Decile al cura que la tengo yo –dijo Claudia con la misma terquedad que dos años más tarde la destacaría entre las travestis de Villa Madero, “el barrio de las travestis”.

El chantaje de la cabra funcionó. Venado Tuerto, un pueblo de agricultores al sur de Rosario con poco movimiento salvo la Fiesta Nacional de la Semilla, ya era un infierno grande en el que nadie quería ser el tema de conversación. Ese día la cabra desapareció y Claudia no volvió a las misas.

Este no había sido el primer encontronazo con la iglesia. Tampoco sería el último: a los ocho la habían mandado a un colegio pupilo de varones donde la aguantaron solo unos meses. Caro, la hermana seis años menor que Claudia, recuerda el día que llamaron por teléfono para pedir una reunión urgente: “Según el cura cuando la mandaban a jugar a la pelota mi hermana se subía los pantalones short hasta entre medio de la cola, dejando los cachetes afuera. Decían que ‘sus maneras excitantes’ distraían a los compañeros y mamá tuvo que sacarla ese mismo día después de la reunión. Había empezado en el colegio pupilo de Rosario desde primer grado porque en Venado era costumbre, para que una persona saliera correcta y tuviera buena enseñanza, que el varón fuera pupilo y las mujeres al colegio de monjas. Yo iba al de monjas”.

Cuando salió del pupilaje la anotaron en un colegio del Estado donde duró poco. Decían que tenía un vocabulario zafado con el que provocaba que los compañeros no la aceptaran. La solución para que no quedara analfabeta fue que la madre llevara las tareas a su casa y Claudia solo se presentara para dar las pruebas. Así fue hasta los 13, cuando la familia decidió dejar el pueblo y probar suerte en Buenos Aires.

Los documentos dicen que Claudia Pía Baudracco nació en La Carlota, provincia de Córdoba, el 22 de octubre de 1970. Cuando tenía dos años una hermana que le llevaba cinco murió por un tumor en el cerebro y dejó una marca en la familia: esa pérdida, el relato del dolor contado con diferentes detalles según el paso del tiempo, quedaría retumbando en algún lugar de la cabeza de Claudia. ¿Una prueba de esas resonancias? Al empezar su transición visible de género eligió llevar su nombre como homenaje: Claudia.

Que su nacimiento fuera en La Carlota se dio de casualidad, ya que sus abuelos tenían un hotel allá y habían viajado de visita cuando llegó el momento del parto. Su papá, Carlos Baudracco, vendía repuestos de autos y eso lo hacía viajar constantemente, mientras su mamá, Estela Graciano, se dedicaba a los trabajos de la casa y las crianzas. Esta estructura cambió de un día para otro. El papá de Claudia murió a los 31 y su mamá tuvo que salir a buscar el sustento fuera de las tareas del hogar.

Fue en esa época que Claudia empezó a estar muchas horas sola en su casa con su hermana menor y una chica que las cuidaba entre comillas, porque solía dejarlas en la pieza para tener encuentros furtivos en la cocina. Claudia aprovechaba la soledad para fugarse: abría la ventana de su cuarto que daba al patio, subía al techo y se iba. “Me decía ‘dormite que la hermana ahora viene’. Se iba y volvía al otro día a la hora que sabía que mi mamá venía a vernos. Hacía esas cosas locas, no me contaba a dónde iba y nunca lo supe”, dice Caro.

En esas horas que tenían libres de adultos Claudia solía vestirse con prendas de su hermana y su mamá: se subía a tacos que le quedaban grandes y polleras que le iban chicas para andar por la casa con una maestría felina. Tenía piernas rellenitas y le gustaba usar los pantalones bien pegados al cuerpo. Si bien no se podía vestir como ella quería, intentaba que en la “ropa de hombre” que la obligaban a usar hubiera algo que llamara la atención de que ella no era un hombre. Cuando la hicieron tomar la comunión su mamá le había comprado un trajecito y ella se negó a usarlo: le hizo unas pinzas a su gabardina preferido para que le diera un buen calce y se puso una camisa también ajustada.

Después de la muerte del papá de Claudia, la mamá formó una nueva pareja y en 1983 tuvo a Facundo, el hijo menor de la familia. Pero esta relación duró poco. Cuando el bebé cumplió un año el padrastro empezó con ataques de esquizofrenia y tenía arranques violentos que nadie sabía controlar. El hogar se volvió un espiral de violencias, una cadena de quién culpaba a quién. La madre decidió que había que poner un corte a ese vínculo por el bien de sus hijos y pensó en vender la casa de Venado Tuerto para empezar de cero en Buenos Aires, donde había algunos familiares que le podrían dar una mano. Le preguntó a Claudia, que por entonces tenía doce años, si le parecía una buena idea y ella fue la más contenta. El pueblo le quedaba chico e irse era justo lo que deseaba: tenía la posta de que en la ciudad había personas que la ayudarían a ser mujer.

Al llegar a Capital Federal fueron a vivir a la casa de una tía, pero Pía no quería saber nada de estar ahí.

Marica, mariquita, mariconcito, putito, gordito puto.

Sus primos le ponían adjetivos a sus modales todo el tiempo, tanto que cualquier cosa, incluso la calle, prometía ser un lugar mejor.

En pocas semanas Claudia había empezado a hacer los tejes necesarios para relacionarse con los contactos que le habían pasado en Venado Tuerto, esas personas que la ayudarían a hacerse el cuerpo y conseguir plata a pesar de ser tan chica.

Escapar del infierno de esa casa fue un salto hacia la adultez prematura. Así conoció a La Tabi, su primera madrina travesti. “Ella se va con La Tabi porque alguien en Venado le había dicho que la iban a entender en su proceso de cambio. La Tabi vivía en Constitución y ya era una travesti grande, que entendía los códigos de la calle y cómo manejarse. Le dio un lugar y Pía se quedó. A veces venía a vernos, pero poco”, recuerda Caro.

Con trece años Claudia empezó a tomar las hormonas que se recomendaban de boca en boca en lo de La Tabi. Ninguna sabía bien las dosis, pero el cóctel feminizante era un saber popular que se pasaba entre generaciones. Tampoco precisaban recetas magistrales para conseguirlas, ya que tenían marcadas las farmacias donde les vendían sin la burocracia de ir a un endocrinólogo.

Entre la ropa y las hormonas la imagen de Claudia empezó a cambiar rápido. También se dejó el pelo bien largo y lo tiñó de un rubio platino desbordante. Era otra: la ciudad se le metió en el cuerpo.

Cuando su familia dejó la casa de la tía y fue a vivir a un hotel Claudia se les unió. Su mamá estaba impactada con el cambio de imagen, en 1983 no era común ver esas transiciones salvo que fueras una cantante de rock glam. En esa época las únicas travestis visibles aparecían en la sección de policiales de los diarios.

–¿Qué es lo que está pasando?, tenés los pezones hinchados, esa tintura amarilla que te pusiste qué es –le dijo su madre en el hotel.

–Yo quiero ser mujer –dijo Claudia.

–No puede ser.

–Sí. Lo vas a tener que aceptar porque yo quiero. ¿Vos te acordás todo lo que pasaba en el colegio? Quiero que entiendas que yo nací mujer. No soy hombre.

–No. No puede ser.

Pasarían tres décadas para que su madre llamara Claudia a Claudia. De a poco la aceptaba, escuchaba sus historias e incluso iba a pasar navidades con otras travestis y trans amigas. Pero en todo momento su madre la seguía llamando con el nombre masculino que le puso al momento de parirla. Para Caro, en cambio, la transición fue de lo más natural, algo que no le llamó en absoluto la atención:

–Yo entonces tenía 8 años pero para mí fue lo más normal del mundo, porque nunca llegué a verla como hombre. Ella hacía cosas afeminadas cuando yo era chica y cuando entré a mi adolescencia ya se vestía de mujer. No es algo que me haya afectado. A mí me preguntaban y decía “mi hermana”. La gente cuando salíamos a la calle le gritaban todo el tiempo “puto de mierda”. “¿¡Qué te pasa la concha de tu madre!?”, era mi respuesta. Me molestaba mucho que la trataran así.

Cuando lograron vender la casa de Venado Tuerto compraron un departamento en Once donde había libertad total 12 horas al día: su madre había entrado al instituto de salud Luis Pasteur como administrativa y hacía un horario de ocho de la mañana a ocho de la noche. En esos ratos, el departamento de dos ambientes era el punto de encuentro de Claudia y sus amigas travestis y trans. Se montaban, compartían trucos de maquillaje e imitaban a Rafaella Carrá y Moria Casán. Estaba de moda bailar como los carolos agraciados de la Carrá y usar la peluca como un látigo que se movía junto a la cabeza. ¡Pum! me explota explota me expló ¡Pum! Explota, explota mi corazón. El cuerpo de Moria era un ideal donde las flaquezas no tenían sentido, todo debía hacerse mostrando la carne rebosante pechos, cola, boca y ojos. Se decía que en todo cuerpo hay algo exuberante, solo es cuestión de subrayarlo. Sin importar qué día fuera, la casa se volvía una fiesta que daba caricias por lo mismo que afuera venían las palizas.

No duró mucho. Los de abajo, los del costado y los de arriba se quejaron con su mamá: el desfile que se juntaba en el piso 7 duró unos meses y la fiesta tuvo un final. Después de probar el placer de tener el deseo en el cuerpo no hubo retorno. Con catorce años, sin ganas de perder tiempo en cosas que no fueran ser ella misma, Claudia se fue de su casa.

Villa Madero es un barrio humilde de San Justo, dentro del partido conurbano de La Matanza, que limita en la ciudad de Buenos Aires por las autopistas Ricchieri y General Paz. El tráfico constante de camiones y su lugar de periferia lo volvieron desde finales de los 70 un espacio ideal para ofrecer sexo a cambio de dinero, lo que en otras zonas más urbanizadas se castigaba con la cárcel por los edictos policiales. Una noche, a sus 14, Claudia estaba en una bailanta y conoció a una amiga travesti. Aunque se movía desafiante en la noche, nadie que hablara dos palabras con ella podía ignorar que era una nena medio perdida. Esta amiga le ofreció pasar la noche en la villa Madero, famosa por ser “La Villa de las Travestis”, y esa noche duró dos años…

La casilla de Nené estaba en el corazón de la villa. Para llegar había que conocer los atajos que la volvían difícil y a su vez le daban ese aire de fortaleza, porque a lo de Nené no se llegaba de casualidad ni en medio de una confusión, para encontrarla había que tener muchas ganas. Nené era una compañera mayor que Claudia pero no tanto -tenía 30 años- y cargaba un corazón mucho más grande que ese lote de seis metros por ocho, donde se levantaba una casilla de chapa y cartón con tres habitaciones: una para ella y su novio, otra donde vivía Luisa Paz (activista y ex presidenta de la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina) y su novio, y una tercera habitación donde había tres cuchetas. No se pagaba alquiler, la luz estaba enganchada y el agua también. Lo único que había que asegurar era la comida, un día cada una, menos Nené que ya ponía la casa.

La policía había plantado un patrullero exclusivo, el móvil 109, para custodiar la entrada principal de la villa: cualquiera que saliera iba presa, sin importar lo que estuviera haciendo.

“Había estrategias para comprar en la panadería adentro de la misma villa, cuidando que no hubiera ningún policía en el pasillo porque de solo pasar nos llevaba. En una primera época trabajábamos ahí y no teníamos demasiados problemas, pero empezaron a venir más y más y ya era demasiado visible: llegamos a ser 77 travestis en seis cuadras y el movimiento de los autos era impresionante. Trabajábamos sobre el costado de la villa y era recontramil notorio que se estaba trabajando”, recuerda Luisa, que es la única sobreviviente de ese grupo: “Nos querían exterminar. No importaba si tenías documento. Igual nosotras no teníamos, no hacía falta porque te detenían lo mismo. Pero si te detenían de jogging, sin pintura, porque ya te conocían la cara, era exactamente lo mismo que estar prostituyéndose. No había necesidad de tener ningún papel, incluso nosotras mentíamos los nombres, dábamos datos falsos para no acumular antecedentes, porque igual te tenían presa 4 o 5 días”.

Por entonces Luisa tenía 18 años y Claudia, con 14, llevaba el doble título de ser la más chica y la más liera de la casilla. Un poco por niña y un poco por el carácter que había curtido desde su infancia, sabía protestar tanto por el dulce de leche como porque alguien no quisiera pagar lo que correspondía. El look que usaba para salir a la noche era siempre el mismo: un chaleco de jean, una pollera mini también de jean y unas botas bucaneras que le llegaban por arriba de la rodilla. Sumado al estirón propio de la edad, su cuerpo adolescente empezó a cambiar rápido con el cóctel de inyecciones y pastillas que circulaban en la villa.

“Pía (Claudia Pía) se infló ahí. ‘La Gaby La Gorda’ vino con el cuento de cómo se hacían las tetas porque se enteró de cómo las hacía La Caty de La Tablada. Cobraba caro para ese momento, unos 5 mil pesos, y para nosotras que estábamos en una situación de violencia con la policía era muy difícil conseguir esa plata. Ella vino con una novedad que nos cerraba, porque a la silicona era muy difícil llegar. ‘Che esto es más barato, mirá, averigüé, leí, ¡es la misma consistencia!’. Había descubierto la vaselina”, dice Luisa.

A fuerza de palos y arrestos la villa atrapaba y no dejaba salir. Las que se animaban a ir más allá de los límites imaginarios que marcaban los pasillos caían presas o quedaban expuestas a violencias naturalizadas. Una de esas atrocidades llegó a todos los medios de la época. Lo llamaban “El loco de la ruta” -aunque nadie puede afirmar si no eran varios que hacían lo mismo-, y atropellaba a las que se paraban en la banquina de la autopista General Paz. Su forma era acercarse lento, simulando ser un cliente, y acelerar de golpe para tumbar todos los cuerpos que fuera posible.

La farmacia les vendía frascos de vidrio de un cuarto litro que se empezaron a acumular por todas partes para guardar los condimentos, la bijouterie y lo que entrara. En solo una semana todas en la casilla de Nené quedaron infladas. Pero después de envalentonarse con la vaselina todo aceite era visto con buenos ojos, aunque nadie imaginaba cuáles podían ser los efectos secundarios de meterse un líquido y que el cuerpo lo quisiera expulsar.

“La Nené y otras dos chicas se pusieron aceite de avión Bardahl, porque frente al costo de la vaselina era más barato. Era cuestión de meterse cualquier cosa pensando que una consistencia parecida iba a tener el mismo efecto de la silicona industrial, incluso hay una que se puso aceite Johnson. Con La Pía y el otro grupito no llegamos a ponernos Bardahl porque vimos que antes de la semana se les empezó a infectar: se apretaban y les salían chorros y chorros de pus y terminaron en el hospital”, cuenta Luisa. Al poco tiempo Pía viajaría a Europa y conocería la libertad de caminar por la calle sin ser arrestada, aprendería a poner siliconas, se volvería activista y lucharía por los derechos de sus compañeras. Pero esa es otra historia, que sería imposible de entender sin esta.

FUENTE: Cosecha Roja

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